Anathema ya no es rock, es religión

Los seguidores más dogmáticos del doom insisten en que Anathema no es la banda de antes. A la pléyade de fanáticos que los sigue de manera casi religiosa poco les importa si a principios de los noventa los tipos que tienen en frente editaron un álbum que se alzó como referente de un género que ya no practican. Mientras algunos se resisten a digerir esta versión suavizada de los mismos que antes lucieran tan rudos como el metal ordena, la mayoría aprecia la aguzada sensibilidad de los hermanos Cavanagh.

No sé en qué momento la devoción por la ahora banda de rock progresivo se convirtió en un culto. Porque todos los grupos poseen fans, pero no cualquiera presume de la incondicionalidad de los admiradores de Anathema. Los británicos tienen un organizado fans club local que deliró en 2006 con el primer recital de la banda en Chile y que siguió todas las alternativas de la nueva visita, incluyendo la programación de una fiesta post concierto.

La segunda presentación de Anathema en estas latitudes tuvo varios puntos altos. Primero, un extenso repertorio que valió cada peso de los boletos adquiridos. Los asistentes experimentamos un viaje por la discografía de los británicos que tuvo arrebatos de pura adrenalina en temas como “Panic” e instantes de exquisita intimidad durante la intervención de la seductora voz de Lee Douglas en cortes como “A natural disaster” y “Temporary peace”.

Hacia el final, canciones tan emocionales como “One last goodbye”, la versión acústica para “Wasted years” de Iron Maiden, un auténtico lujo ofrendado por Danny Cavanagh, y la escena que quedará grabada en la memoria de los asistentes. “¡Buenas noches Chile!”, exclama Vincent mientras toma impulso como si fuese a lanzarse hacia el público. En una fracción de segundos el vocalista se zambulle en medio de una masa de fans apasionados. Si aquello no es frenesí, ¿entonces qué?

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