Anathema: tan sombríos como siempre

Qué difícil hablar de Anathema al verlos en vivo por primera vez. Es una de mis bandas favoritas, de aquellas que poseen la virtud de trastornarme mediante una dosis desgarradora de emotividad, como sucedió cuando conocí el Ep “Crestfallen”. Cada cierto tiempo vuelvo a escuchar ese material y me estremezco tal como me ocurrió cuando unos amigos me lo grabaron en un casete de marca TDK. De ahí en adelante la música cambió demasiado y de cierta manera hace tiempo no despertaba mi atención.

Tener la oportunidad de verlos tan cerca me hizo darles una segunda mirada. No piensen que soy extremista, “true” u otras estupideces por el estilo. Si escuchan el disco del cual les hablo se darán cuenta del porqué esculpió en mí una huella tan profunda. En este show se pudo apreciar este cambio cada vez más aplastante. Ya ni siquiera ingresan en la categoría de metal: ausencia de distorsión en las cuerdas, guitarras tradicionales, actitud de niños buenos y un arsenal de teclados y efectos a lo Pink Floyd.

Anathema tocó un repertorio extendido para deleite de sus fanáticos. Geniales fueron las interpretaciones de los temas que más me gustan de su etapa más popular: inician con “Empty” y dan paso rápidamente a “Closer”, que en el escenario alcanza momentos de locura debido a la combinación de tantos elementos in crescendo. Siguieron otros como “Hope”, el clásico “Deep” pegadito del que considero el mejor tema doom que han creado: “Lost Control”.

El piano más triste y desquiciado de su discografía inundó de tristeza y amargura el Caupolicán. Lo interpretaron increíblemente, al punto de hacerme caer en un llanto agónico, efecto que pocas bandas del estilo provocan en mí. Entonces me detuve y dije: “mierda el tema bueno, simplemente magistral en vivo”. Estos tipos aún merecen mi respeto por más cambios que hayan experimentado.

Por Sergio Evans

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